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sábado, 7 de enero de 2017

Se me fue la pinza

                               
                                
                  El beso de madera 

                                                              

La playa de Tarifa, la del paseo, está a unos 200 metros de la casa de unos amigos donde, cada cierto tiempo, me dan cobijo y amistad.
Acababa de llegar de esa playa con mi cámara de fotos bien alimentada de luz, paisaje y atardecer.
En la casa no había nadie. Por la ventana, desde donde se ve Marruecos y parte del mar que lo separa de la península, entraba el rescoldo del último suspiro de un atardecer de Septiembre.
Me senté en una especie de taburete de patas muy cortas, pero de agradable asiento, que está pegado a la pared que le sirve de respaldo. Sobre la amplia mesa del salón, delante de mí, estaba la bandeja de madera tallada donde se mezclaban llaves, algún cargador de móvil y objetos de distinto pelaje y uso diario.
Era un buen momento, había tranquilidad y yo tenía ese plácido y suave cansancio que te procura caminar frente al rompeolas.
Encendí la cámara y cuando me disponía a repasar el muestrario de paisajes que traía, me llamó la atención algo tan anodino y usual como es una pinza de la ropa.
Lo único que estaba fuera de esa bandeja era esa pinza gastada, vieja y descolorida que contrastaba con el brillo y el color intacto de la mesa de teca.
Le hice una foto tal cual estaba, tendida sobre la mesa. Después la puse de pie y le hice algunas fotos más; pero,
al mirarla detenidamente, vi una pequeña escultura cuyas piezas de perfil y enfrentadas una a la otra, parecían besarse. Incluso la prolongación hacia arriba del muelle, rodeaba por una imaginaria cintura a ambas piezas. Bien podía llamarse ¨El beso de madera¨.

A partir de ahí, no la veía como una sola pieza, eran dos condenadas a entenderse.
Sólo comencé a verla como lo que era en realidad, cuando su color blanquecino (canoso) y su muelle oxidado me contaban que esa pinza llevaba mucho tiempo en esa casa.
En muchas ocasiones, cuando se interrumpía ¨el beso de madera¨, era para luchar contra la fuerza del aire tarifeño; ese que lima las esquinas, aulla en las rendijas y rasga las sábanas antiguas.
Puesta ahí ¨de pie¨ delante de mí, parecía decirme que estaba cansada y que esperaría la ventolera más furibunda para aflojar y dejar que se la llevara hacia el estrecho y flotar hasta desaparecer entre los atunes, donde naufragan las pateras.

En esas estaba cuando oí que abrían la puerta de la calle y entraban mis amigos. Nos saludamos y fui al cuarto a guardar la cámara, mientras tanto, me preguntaron  por la fotos de la playa; les comenté que no se dio mal, que ya se las ensañaría.
Cuando volví al salón, ya no estaba la pinza; era probable que la hubieran puesto en la cesta con las demás.
Ya era casi la hora de la cena, y mientras poníamos mantel y cubiertos, pensaba en una frase muy popular, que a veces utilizamos y que está de moda: ¨Se me fue la pinza¨.

Nunca fue tan literal.

jueves, 8 de diciembre de 2016

sábado, 29 de octubre de 2016

Huérfano de labios

                                          Foto: J. A. Muriel
                           

martes, 10 de mayo de 2016

Caminar






                     
Sólo quería hacer una canción para pasar el rato.
A principio de los 80, de entre todos los temas que compuse apareció éste. No era de los mejores, pero se dejaba tocar.
Con el paso del tiempo, se acomodó en ese lugar donde habitan las canciones de clase media; las menos brillantes y de escaso protagonismo, pero en ocasiones, las más recurrentes.
Suelo tocarla al comienzo de un ¨recital¨  (bonita palabra ya en desuso), como aperitivo para decir buenas noches de manera tranquila.
Es también un apunte, un esbozo; una breve declaración de intenciones.
A veces en mitad de un concierto cuando nos apetece   blusear, flirteamos con toda la  complicidad que nos dan 35 años de convivencia. Por otro lado, al respetable, le suele gustar este  coqueteo entre canción y cantante.
No todas lo consiguen, sólo las que vienen de buena cepa; de un buen año de siembra y cosecha.
Es placentero dejarse llevar por la inercia del balanceo de una canción que, después de tantos conciertos, noches y escenarios, descubres que la hiciste tú. La descubres y la aprecias en lo que vale, cuando te sorprendes a ti mismo jugando con sus acordes en la intimidad de tu casa; improvisando sin tiempo ni medida, y sin dejar de ser aquella canción sin pretensiones que una vez escribiste para pasar el rato

sábado, 13 de febrero de 2016

J. J. Cale








J. J. Cale

He disfrutado de muchos viajes –casi todos por la noche-, y aparte de la compañía de la radio, siempre contaba en su momento con un arsenal de cintas que luego dejaron paso a los Cds.
Uno de los músicos que nunca faltaba en ese repertorio enorme era J. J. Cale.
Cuando aún no había visto cómo tocaba la guitarra, ya me parecía que no usaba púa, y por el sonido y esos punteos tan nítidos y particulares (marca de la casa), imaginaba unos dedos precisos y delgados.
Cuando tuve la oportunidad de ver y comprobar cómo lo hacía, me encuentro con un guitarrista con manos casi de agricultor tocando con una total y aparente indiferencia.
La mezcla de blues, country y folk; sus devaneos con ciertos toques cercanos al jazz y una de las voces más cálidas de la música moderna, lo convertían en algo único. A esa originalidad hay que añadir su talento para componer canciones magníficas.
Su influencia sobre músicos ya consagrados, la admiten estos con la misma naturalidad que se la niegan otros.
J. J. Cale no era un músico muy popular, aunque sí lo era entre sus colegas; pero, esto era algo que no le preocupaba en absoluto. 
Fue versionado y repetado por gente muy importante; sin embargo –según se cuenta-, no era muy amigo de la vida ¨normal ¨  de una estrella. Salía al escenario el tiempo suficiente como para pasarlo bien con quien quería y a su antojo, después, volvía a su rancho, donde se encontraba como pez en el agua.
Allí tenía su estudio, destripaba sus propias guitarras para rectificarlas y hacerlas única y, desde allí, seguramente contemplaba cómo en los últimos 30 años, parte de la música que se hacía, llevaba si no su sello, un aire que lo recordaba.
Este post es uno de los que tenía en mi lista sobre músicos de mis preferencias, pero cuando se nos fue en Julio de 2013, me encontré con tanta información sobre él, que decidí dejarlo para cuando saliera como ahora lo ha hecho.
Esto de recuperar vinilos, más que una terapia es una manera de volver a disfrutar con el recreo de todo lo vivido.

Para terminar, en uno de los artículos que se cruzaron en mi camino y que firma Luis Ventoso, dice que la mujer de J. J. Cale contaba lo siguiente: ¨ Te sientas en el porche de casa a la caída de la tarde, abres unas cervezas y escuchas tocar a Cale. No existe nada mejor ¨ .

Tiene, no sólo mi admiración y respeto como músico, sino como persona. Me gustaba ese aire, nada ficticio, de que nunca pasaba nada y esa apariencia de que pasaba de todo.
Tenía, según cuentan, un sentido del humor tan peculiar como sus canciones.
Cuando se fue con su fama de huidizo, dejó un rastro luminoso de canciones, toques de guitarra y una voz de franela antigua imposible de confundir.
¨After Midnight¨ y ¨Sensitive Kind ¨, entre otros, son dos de sus muchos temas, que nunca me canso de oír. La primera en directo con Eric Clapton, la segunda con la portada del disco donde se encuentra.

Esta vez levanto mi chupito de whisky a la venerable memoria J. J. Cale.






viernes, 1 de enero de 2016

El aprendiz profesional





El aprendiz profesional

Una hoja en blanco, puede ser una clara invitación a contar una historia.
De la misma manera, un acorde inesperado, encontrado casualmente, tiene el poder de seducción suficiente para que  te impulse a tararear una melodía en apariencia desconocida.
El ritmo y el tiempo es casi consustancial al nacimiento de una canción.
El ¨tempo ¨ es otra cosa: es el pulso del alma según su estado de ¨ ánima ¨.
Por otro lado, en el corazón de un acorde caben tantas melodías como penas y alegrías en el corazón humano. Y, de las infinitas historias que se pueden cantar, a veces, tampoco sabrás si las palabras escogidas eran las más idóneas.
Componer no deja de ser un juego, por muy seria  que sea una canción. Es una especie de rompecabezas, y cada cual, tiene su propia manera de resolverlo.
Para ese particular milagro artesano, a veces, hay que derrochar la inocencia necesaria para creer que se puede decir en 3 o 4 minutos lo que el destello de una mirada en un  sólo segundo.
El comienzo de una canción que aún no existe es el principio más incierto, y ésa, es su mejor baza.  Las mejores canciones tienen ese extraño equilibrio entre la palabra y la melodía, que consiste en que ninguna de las dos salve a la otra del fracaso, y en ese imaginario y aproximado cincuenta por ciento que cada una aporta está la dificultad. El cálculo no es intencionado, es fruto de la complicidad entre ambas, del acierto para encontrarlas.
Es un oficio único este; y no es pretencioso decir que una canción se  alimenta de literatura y música para existir. Pero, en realidad su existencia es mínima: sólo vive en el preciso instante que suena.
Cada palabra, cada sílaba engarzada a una melodía tarda en evaporarse el tiempo que dura la nota que la sostiene. Después de repetirse este proceso una y otra vez, cuando termina la canción, nos queda ese regusto indescifrable e indescriptible que sólo el ¨alma¨ sabrá interpretar.
Las canciones son pasto de la memoria y el corazón, y lo mejor de este alimento es que es imperecedero.

El tiempo que se tarda en escribir una canción, su duración y sus características son tan variadas como incalculable es el número de ellas que ya existen.
Afortunadamente no hay un patrón, una línea a seguir que te asegure que una canción logrará aquello que distingue a las perecederas de las ¨eternas¨ .
Toda canción que se precie de ser medianamente aceptable, se abrirá paso a través del tiempo; se renovará cada vez que suene como si se alimentara de su misma antigüedad. Será el legado de sus autores cuando ya no existan y seguirá así, dejándose querer, mientras se la cante.

Todas ellas, desde la más alegre a la más drámatica, desde la más sentida y densa a la más liviana, todas las que pasan de una generación a otra como un legado, una herencia colectiva que se va incorporando a su vez a las recien nacidas, han convivido con los sentimientos de millones de personas.
A saber cuántos corazones sintieron las dulces tarascadas de ¨ Caruso¨ de Lucio Dalla. 
¿ Cuánta gente habrá cantado y bailado ¨ La bamba ¨ ?
Cuando Ritchie Valens hizo la primera versión moderna de ese tema ( una canción de autor anónimo del folclore mexicano del siglo XVII), no sé si imaginaba la que iba liar. El invento, esa rueda de tres acordes se convirtió en santo y seña de un montón de canciones; copias más o menos afortunadas de la misma fórmula. Puede que lo que hoy llamamos ¨Rock¨ ,  se iniciara con esa versión y otras de los años -50.

Los ejemplos serían interminables, y el asunto da para tanto como maneras y canciones hay.
Es más fácil pisar tu propia sombra que delimitar la frontera de las canciones.
Dar unas cuantas pinceladas melódicas durante cuarenta y cinco segundos, sobre dos o tres acordes y contar algo medianamene interesante, es un opción estupenda para la sutileza. Hacer un tema que dure siete u ocho minutos, con un ritmo que te haga mover el esqueleto o llevar el compás con el pie es otra manera, una de tantas. Aparte de los clásicos tres minutos y medio o cuatro, las combinaciones son ilimitadas.
 
No importa si tiene estribillo o no; si pones un puente después de la estrofa o esta ocupa todo el tema en una rueda, un bucle que se repite; lo que en realidad interesa es que la canción se te cuele hasta los huesos, y no sólo quieras volver a oírla, sino que te la lleves a vivir contigo para siempre.

Comenzar una canción siempre es un reto, una manera de aprender, de comprobar una vez más que toda la libertad que tienes para encontrarla, es precisamente, la que se vuelve contra ti si no consigues seguirle el juego que te propone.




Hace 47 o 48 años, cuando comenzaba en este oficio, ya existía esa pregunta cliché que decía: ¿ Tú qué haces antes la letra o la música ?
Reducir de esa manera tan ingenua las posibilidades que tiene una canción de nacer, no deja de tener cierta gracia y también demuestra el desconocimiento del tema de quien hace la pregunta.
No tengo ni idea de cómo voy a comenzar el próximo tema; no sé si va ser con una guitarra, un teclado o una sonaja; si va a insinuarse sin ningún instrumento o me va a invitar a que lo descubra a través del silencio más insólito que se cruce en mi camino.
 Lo que si tengo claro, es que de tanto jugar al gato y al ratón con las canciones, no me interesa cómo las comienzo, sino cómo las termino.
Ahora sé que soy un aprendiz profesional, y de camino que me cubro las espaldas contra el aburrimiento, vivo al amparo de lo que aún no sé. Busco las canciones con la paciencia del que sabe que más que el número, importa la identidad.

Cada canción debería ser única, otra cosa es que se consiga. Hoy no tengo interés en hacer canciones y más canciones, ahora juego con la sombra de la primera que se me insinua, le doy su tiempo y cuando se deja y comienza a tomar cuerpo, ésa,  es la última golosina para mi alma. La última canción.